Ápoda y mi ceguera más querida


Tal vez entonces vagaba un miércoles en este frío que portan tus labios,
ya que mañana quedará una flor en el barrio de tus besos muertos,
antes del martes confesaré dónde solía comer el correr de la pluma,
en qué punto el juicio desdentado se asoma al final de la ingenua sonrisa y por qué se esconde el vértigo bajo la brisa que todo el mundo regala a viva voz.

Cuando le preguntabas a la desértica muchedumbre por qué la ciudad del oro te recordaba a mí, y querías que huyese para sentirme cerca,
todavía gemía a la cola del fuego en tu nombre partido en dos,
retoñaba el ritmo del hombre ladino en el ladrido favorito de los peces
y leía en  tus fauces un filamento translúcido capaz de soplarte suavemente el flequillo o de esposarme a la tierra mientras regañabas a Sirio por no acicalarse bien el ombligo.



Después, como pasa la nada a través de una inspiración, del mismo modo que se olvida un teléfono reciente y la falacia se desliza,
el juicio creció y creció  abriendo sus puertas al ente infecto;
los especialistas de la paradoja y el pavor llegaban tarde a la respiración,
pero reconociendo mi destacada colaboración.
¡Premio!


¿Y ahora qué piensas hacer de tus cruces si resisto a la inflamación del mudo como nunca se ha visto y el desenlace sería el mismo que siempre hemos oído?

¿Durante qué equilibrio ganado a pulso sospeché que, en una celda perfumada, Sonca sería la matriz que se aventura y se amedrenta en el tiempo?


¿Y por qué no es secreto que yo te entrego una llave hecha de saltos al vacío y tú sostienes una estrella en medio del pan?


No fluye mi enamoramiento hacia la luminosidad cruel,
vuelve a decirme si es fantástico o una pérdida de aliento,
aún cierro los ojos ajeno a la sorpresa de las anáforas y los ecos que vendrán después,
luego me digo ¡ya ves!

Júrame que tu amor es más incisivo que el rapto de un destello virgen,
avala su edad de ciervo con el nimio detalle que viste tu clave,
cóselo a la tumba de la hermana  vagabunda y me enteraré de que puede enterrar mis muelas en su propio destino.
Yo volveré a creer que es bello llevarte a llorar allí donde entendí que a la paciencia ya le había ocurrido...
¿Lo ves?

No puedo descoyuntarme mucho más, porque no y porque, al menos hasta hoy, mi cometido es otro.
Los generosos estantes se repliegan ante mis fatigados miembros, otrora los escudriñaba con la determinación de quien sacrifica una lección y los combinaba con el afán de no resultar indiscreto ni adelantarme a mis pasos.
Por eso, caprichos aparte, mi libro era un pretexto...¿para qué?

Yo estoy aquí sólo porque tuve que describirle la noche a quien aceptó dar un paseo.



¿ Lo tenías contemplado?...


Lo siento, sé que te volveré a preguntar...
¿Cómo se juega?



En un mundo que no te amontonase con las sirenas estas palabras no tendrían sentido.
A mí me encajas hasta en una tarde suelta.


Tal vez, entonces, será el hado un verso ineludible y la medicina todos los remiendos  postrados en la hierba que no ha vuelto a crecer.

O tal vez sí.









No tengo ninguna sincronicidad relevante asociada con "Puente entre mente y materia", aunque aún no lo he terminado.
Ninguna, excepto que todo me lo ha regalado Petra, incluido aquel seis de copas que una vez elegí para pasar el rato.
Entiendo que la sensación de que en algún momento innato de mi vida no sospeché tan mal sería puramente causal...
Ah, no.
Ah, sí.


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Me fastidia no haber dejado el espacio pertinente en las comas•, más que nada porque en otros lugares menos personales sí lo hago.
Del mismo modo, me... que, cuando dos sujetos creen entenderse sólo con la mirada, echen a andar sin haber hecho un pequeño y ciego sacrificio previo.
Seguir tocando sin dos cuerdas, seguir escribiendo sin seis teclas, seguir adentrándose en la casa del amor cuando fue alquilada por el pánico. Uy, qué corazón partío...
El sacrificio estándar que te asegura, literalmente, no olvidar ensuciarte con plantas los pies.




Creo que ahora duerme vestido de calle, pero no trata de explicar por qué apesta.






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Exaspera? No.
Jode? Casi que tampoco.
Empate técnico con fastidia.









¿Qué puedo yo describir acerca de la personalidad de un chico que quería ser subestrella del rock  
o repartidor de pan?


Siempre no, pero me voy apañando como el mal menor en una urna, mimetizándome con esos castillos de arena que los niños construyen en la frontera entre dos playas célebremente bautizadas.

Me enCantaS tú para ti.




Qué coñazo.





¿Conoces a alguien que prefiera gastarse la broma a sí mismo?














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